“No volvería a donar”
CRÓNICA
Laura entra todas las mañanas en la facultad de Biología por la puerta principal. Baja las escaleras, cruza reprografía y a continuación entra en su clase. Puede hacer el trayecto con los ojos cerrados. Es un recorrido mecánico. Sin embargo, aquella mañana de 2005, cuando cursaba tercero de carrera, en su camino tropezó con algo que llamaba su atención. Uno de los carteles que colgaba sobre el corcho la obligó a detenerse en seco, pese a que ella siempre solía obviar los anuncios publicitarios. Alrededor de los típicos carteles de academias, autoescuelas y fiestas de pasos de Ecuador había un anuncio sobre la donación de óvulos. Laura había oído hablar del proceso, incluso algún profesor había comentado en clases en qué consistía el tratamiento. No obstante, nunca antes se había planteado donar ovocitos,pues no sabía a donde acudir.
Mordida por el gusanillo de la curiosidad, apuntó la dirección y el nombre de la clínica en su móvil. Esa misma tarde, tras terminar sus clases, acudió al centro a solicitar información. Sin embargo, en ese primer encuentro la clínica aprovechó para hacerle un simple cuestionario: datos personales, antecedentes familiares, consumo de drogas, rasgos físicos, grupo sanguíneo, enfermedades padecidas…No obtuvo ninguna información más allá de lo que ya sabía. En ningún momento la doctora le advirtió ni de posibles riesgos ni de posibles consecuencias perjudiciales. Todo apuntaba a que se trataba de un proceso seguro y sencillo.
Pero no sólo la supuesta ausencia de riesgos llevó a Laura a decidirse a donar. Otros factores reafirmaron su decisión. Su concienciación social con respecto a todas aquellas mujeres que no podían concebir hijos fue uno. Laura siempre se solidarizaba con aquellos que no compartían los mismos privilegios biológicos que ella. De ahí que se hiciese donante de órganos y que, además, constantemente donase sangre. El otro factor que colmó el vaso de la decisión fue la compensación económica. Sabía qué existía, mas no sabía su cuantía. Y realmente tampoco le interesaban el número de ceros que contuviese el cheque recibido. La sola acción de donar la satisfacía moralmente.
Una semana después comenzó el tratamiento. Primero le hicieron una serie de pruebas médicas- análisis de sangre, citología y ecografía- para comprobar que reunía los requisitos necesarios para iniciar el tratamiento. Y luego comenzaron las inyecciones diarias hormonales, pues el tratamiento consistía precisamente en eso: incrementar la dosis hormonal del organismo para provocar una estimulación ovárica y así poder madurar más óvulos de lo habitual en un mes. Todo este proceso se vigilaba y supervisaba habitualmente por la doctora que llevaba su caso. Los cuidados fueron máximos, y las molestias, mínimas.
Más de tres meses después, llegó el esperado momento: la extracción de óvulos. Todo transcurrió en un clima tranquilo. El proceso duró apenas quince minutos, durante los culales Laura no sintió ningún tipo de dolor. Aparentemetne, todo había sido un éxito.
Laura volvió ese mismo día a casa con un cheque de 900 euros bajo el brazo-los cuales siente como merecidos- y con la satisfacción espiritualde haber colaborado con una buena causa. No obstante, esa sensación de autorrealización y de orgullo personal no tardó en disiparse. Apenas un año después, Laura comenzó a padecer problemas ováricos, en concreto, le diagnosticaron un ovario poliquístico y la presencia de folículos enquistados en los ovarios. Los médicos no pueden descubrir la causa o el origen de su problema, aunque Laura desconfía de la posibilidad de haber padecido un proceso hormonal demasiado agresivo durante el tratamiento previo a la donación de óvulos. No sólo eso enturbia su experiencia como donante. Sus óvulos no llegaron a ser fecundados y por tanto, su donación no logró el objetivo tanto de donante como demandante: concebir una nueva vida.
La compensación moral y económica son los legados positivos que le quedan a Laura de un acto caritativo y solidario. Ahora bien, en su cuerpo hay huellas, quizás procedentes del tratamiento hormonal, que ya nadie puede borrar. Y la balanza con la que Laura sopesa los pros y los contras de la donación, hoy en día, a sus 23 años, le llevan a renegar y arrepentirse de la donación de ovocitos. Donar vida sí, pero no a costa de la salud.